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El lado oscuro del Ocultismo
 
Indice
 
1.-La verdadera historia de Amityville
2.- Los cachorros del Maligno
3.- El culto satánico de Matamoros
4.- El "hombro lobo" de Allariz
5.- El crimen del rol
6.- Un "serial killer" satánico
7.- El "vampiro" de Düsseldorf
8.- El asesino "hechizado"
9.- El crímen de Albaicín
10.- El crimen del Tarot
 
( Nuestro agradecimiento a Mundo Misterioso por los artículos)

La verdadera historia de Amityville

Por Pili Abeijon

 

El horror comenzaba el 15 de noviembre de 1974 hacia las seis y media de la tarde con una llamada telefónica a la centralita de emergencias del condado de Suffolk, en Nueva York. Un hombre con la voz entrecortada por la agitación avisaba a la policía que se había producido un tiroteo en el 112 de Ocean Avenue, en Amityville, y que todos los que allí residían habían sido asesinados. Todos, menos uno de los hijos, el presunto autor de la masacre.

Unos meses antes de la tragedia, Ronald DeFeo se hacía propietario de una estupenda casa de campo a orillas del Río Amityville. Éste había conseguido reunir una buena suma de dinero tras duros meses de trabajo con su suegro en Brooklyn y decide abandonar el ajetreo y el estrés de esa ruidosa ciudad para irse con su familia a un sitio más tranquilo en el campo. Finalmente se decide por Long Island, en donde compra una casa de dos pisos con ático y embarcadero propio sobre el río Amityville. Aquel lugar le parecía lo suficientemente tranquilo y espacioso para vivir tranquilamente con su mujer y sus cuatro niños. En ningún momento podía haberse imaginado los terribles acontecimientos que estaban a punto de suceder allí.

Como símbolo de la felicidad de la familia y de la buena suerte que habían tenido al encontrar tan maravilloso lugar, DeFeo coloca un cartel en rojo sobre la puerta de la casa que dice Grandes Esperanzas. Pero bajo esta chapa de éxito y felicidad aparente, la verdad es que Ronald era un hombre de genio muy vivo, conocido por su carácter ciclotímico y sus repentinos ataques de ira y violencia sin motivo aparente.

Mientras que para sus socios y amigos Ronald es un hombre dulce y suave, con sus hijos es una figura autoritaria y a menudo demasiado exigente. En algunas ocasiones sus acciones insensibles y crueles le provocan serias discusiones con su mujer. Pero tal vez el que más sufría su agrio carácter era su hijo mayor, Ronald Junior alias Butch, quien a menudo debía cargar con el peso del temperamento de su padre, pues ya se sabe lo que pasa cuando se enfrentan dos personalidades fuertes en una misma casa.

El niño pronto se convirtió en un chico solitario y de mal carácter, imaginamos que heredado de su padre. En la escuela, las pocas veces que asistía tenía peleas frecuentes con sus compañeros y su fama de chico duro le llevó a liderar un grupo de otros jóvenes camorristas.

Preocupados por este comportamiento, por la total desobediencia del adolescente y por las discusiones frecuentes entre padre e hijo, los DeFeo ya no sabían ni podían comunicarse con él y finalmente lo llevaron a que lo viese un psiquiatra. Las charlas con el médico fueron vanas, el joven adoptó una actitud pasiva agresiva hacia su psicoterapeuta y pronto abandonaron la idea de la ayuda profesional, pues casi era peor el remedio que la actitud original del muchacho.

En ausencia de otra solución, los DeFeo utilizaron una estrategia bien diferente que al principio dio buen resultado: comprando su afecto con dinero. Siempre que el chico estaba de mal humor lo apaciguaban con un regalo o con un puñado de dólares. Era lo único que se les ocurría para mantener una convivencia llevadera.

Cuando cumplió 17 años le obligaron a dejar la escuela parroquial a la que asistía porque por aquel entonces había empezado a tomar drogas duras como heroína y LSD. Lejos de sosegar su rebeldía cada vez daba más muestras de ella, llegando a manifestar un serio comportamiento delictivo en pequeños y no tan pequeños hurtos. Su comportamiento agresivo tampoco mejoraba, y ya no sólo dentro de su casa, sino con sus propios amigos.

Los altercados con su padre eran también más violentos, y como era de prever, un día llegaron al límite. Sucedió una vez que DeFeo padre discutía fuertemente con su mujer y el joven se le acercó apuntándolo con una escopeta. Lejos de apaciguarse, apretó el gatillo gritando que sería mejor que la abandonase y que iba a matarle por todos los malos tratos que infligía a la familia, pero afortunadamente el arma se encasquilló y nadie resultó herido.

Su padre no dijo nada, sólo se le quedó mirando desconcertado, presagiando que esa violencia pronto iría a más y que no dudaría en matarlo si se presentaba otra ocasión, a él o a alguien de su familia.

Al poco tiempo del incidente de la escopeta, el joven Butch quiso hacerse con un poco de dinero fácil para sus vicios y no se le ocurrió otra cosa que robarlo directamente en la empresa de su abuelo. Aprovechó el momento en que le mandaron ir al banco a depositar 31.800 dólares en efectivo para hacerlos desaparecer en su bolsillo, y luego les dijo que había sido atracado a punta de pistola por un desconocido que se había llevado todo el dinero.

Cuando dieron parte a la policía del robo, los agentes quisieron interrogar al joven para que les diese una descripción del ladrón puesto que había sido el único testigo del delito, pero éste al ver a los agentes, por los que no sentía simpatía alguna, adquirió una actitud tensa y agresiva que les llevó a sospechar que el chico escondía algo en su versión de los hechos. Su abuelo no quiso tomar medidas y dejó correr el asunto del dinero, a diferencia de su padre, quien si bien no consiguió sonsacarle una confesión de culpabilidad no dejó de reprenderlo duramente al considerarlo sin duda alguna como el autor del robo.

Pocos días después, el miércoles 14 de noviembre de 1974, cuando toda la familia se había acostado, el joven DeFeo seguía dándole vueltas a su cabeza alimentando una obsesión que había empezado a madurar varios meses atrás. Sentado en la cama y sin poder conciliar el sueño, la terrible fantasía crecía por momentos. Estaba harto de sus padres y de los continuos reproches. Odiaba a su padre más que a nadie en el mundo y tenía bastante claro lo que tenía que hacer para que no volvieran a fastidiarle. Estaba preparado para tomar el mando de la situación de una vez por todas.

Él era el único que tenía un cuarto individual, aunque en la enorme casa no tenían problemas de espacio. El hecho de ser el mayor de los hijos y su peculiar carácter le habían permitido este pequeño lujo. Su habitación era como un lugar de refugio que tenía vetado al resto de la familia. Allí pasaba largos momentos en soledad con la única compañía de un pequeño arsenal de armas de varios tipos que guardaba por afición, y que iba vendiendo cuando se cansaba de alguna o cuando necesitaba dinero rápido.

Esa noche eligió un rifle de calibre 35 y salió furtivamente pero con paso decidido hacia el dormitorio de sus padres. Abrió la puerta silenciosamente y observó como dormían, inconscientes del peligro que les acechaba. Entonces, sin vacilar, levantó el rifle y apretó el gatillo ocho veces. El primer tiro alcanzó a su padre en la espalda, penetrando en el riñón y saliendo por el pecho. Los siguientes le perforaron la espina dorsal y el cuello.

Los impactos despertaron a la señora Louise DeFeo, pero no tuvo tiempo a reaccionar antes de que su hijo disparase dos veces sobre ella, rompiéndole la caja torácica y el pulmón derecho. Sus dos hermanos más pequeños serían las siguientes víctimas. Entró directamente entre las dos camas y disparó sobre los indefensos chicos sin alterar su compasión lo más mínimo. Esta vez los disparos tampoco habían despertado a los miembros de la familia que estaban todavía con vida, las dos chicas. Butch se acercó a las niñas y asesinó a sus hermanas con sendos disparos en la cabeza.

Eran las tres de la mañana; con un balance de seis víctimas y consciente de lo que había hecho se paró momentáneamente a escuchar los ladridos del perro de la familia, que se encontraba atado en el cobertizo, preguntándose si el escándalo levantaría sospechas. Entonces se puso a pensar en una coartada para la policía, que sin duda sospecharía de él como autor de los asesinatos. Con mucha calma se quitó la ropa ensangrentada y se duchó, recogiendo el rifle y envolviendo todo en una funda de almohada que tiró en una alcantarilla. Cogió su coche y se dirigió a Long Island, como todos los días, para trabajar en la empresa de su abuelo.

Ya por la mañana, telefoneó varias veces a su casa haciendo que llamaba a su padre, simulando preocupación porque tal vez éste se hubiese quedado dormido y por eso tardaba en llegar al trabajo. A medida que pasaba el día, seguía fingiendo una mayor inquietud por la tardanza de su padre, y por el hecho de que nadie en la casa respondiese a sus continuas llamadas telefónicas.

Por la tarde, quiso que unos amigos le acompañasen a la casa a modo de testigos para comprobar según él, que es lo que estaba sucediendo. Al llegar, resaltó el que el coche de sus padres estaba aparcado en la entrada diciendo a sus compañeros que aquello era muy extraño, y entró en la casa con uno de los jóvenes. Al poco tiempo salió sollozando y gritando que sus padres estaban muertos, que habían sido asesinados.

Uno de los chicos llamó entonces a la policía, que no tardaron más de diez minutos en llegar a la escena del crimen y descubrir los cadáveres de las seis víctimas atrozmente mutiladas a balazos. Media hora después, todos los habitantes del pueblo de Amityville comentaban aterrorizados lo sucedido. Cuando interrogaron al único superviviente de la matanza, éste dijo que la noche anterior se había quedado hasta las cuatro de la mañana viendo una película en la televisión, y como no podía dormir, decidió salir temprano al trabajo dando un paseo, pero que no había escuchado nada.

Los investigadores no tenían ningún indicio que les permitiese sospechar de alguien en concreto, hasta que uno de los detectives que recorría las habitaciones de la casa en busca de alguna pista, hallaba en la habitación del chico dos cajas de cartón que habían contenido balas para un rifle del calibre 35, las mismas balas con las que habían asesinado a los DeFeo.

Cuando los policías interrogaron a los amigos del sospechoso, supieron que era un apasionado de las armas y la historia del robo de dinero de la empresa de su abuelo. Las sospechas pronto recayeron sobre él. Otro indicio que les hizo pensar que estaba mintiendo era su coartada. Había dicho que se había ido de la casa hacia las cuatro de la mañana por culpa de su ataque de insomnio y que por aquella hora todo estaba en orden, pero los médicos habían asegurado que la hora de la muerte de los DeFeo estaba estimada entre las dos y las cuatro de la mañana. Con esto, la grotesca historia del joven DeFeo empezaba a desmoronarse. Y más todavía cuando comenzó a contradecirse en algunos de los hechos al sentirse intimidado por los policías que lo interrogaban sin descanso, hasta que finalmente no soportó más la presión y confesó cómo había asesinado a cada uno de los miembros de su familia.

El juicio tuvo lugar el 14 de octubre de 1975, casi un año después de los asesinatos, y los jueces tuvieron que determinar que no se trataba de ningún enfermo mental, sino de un asesino metódico, de sangre fría y muy violento.

Para evitar la temida sentencia de ser condenado a perpetuidad o a la pena de muerte, Butch confesó como lo hubiese hecho alguien con una deficiencia mental: dijo haber matado a su familia, pero que lo había hecho en defensa propia, porque ellos iban a matarlo sino, pues desde hacía tiempo se sentía acosado por todos ellos. Dijo que no se arrepentía de nada y que cuando tuvo un arma en su mano tuvo claro lo que debía hacer y quién era en ese momento. Era Dios, nadie podía mandar sobre él.

Para los fiscales era fundamental demostrar la peligrosidad del joven DeFeo, y para ello contrataron los servicios de dos psiquiatras locales de reconocida fama. Para la acusación contaban con el Dr. Harold Zolan, y el que se ocupaba de la defensa se trataba nada menos que del Dr. Daniel Schwartz, quien poco más tarde ganaría notoriedad nacional como el psiquiatra que atendió a David Berkowitz, el célebre asesino en serie conocido como el Hijo de Sam (a quien diagnosticaría erróneamente que era un enfermo mental, como se comprobó años después del juicio).

Schwartz opinó que estaba convencido que el joven era un neurótico con delirios paranoides, un verdadero enfermo mental, lo que no agradó a la acusación, quién no se creía que una persona desequilibrada pudiese no solo poner tanto empeño y cuidado en deshacerse de las pruebas como había hecho Butch con la ropa sucia y el arma. Por otro lado, el doctor Zolan afirmó que el comportamiento del presunto asesino era el de una persona con personalidad antisocial, una forma de trastorno de personalidad, pero añadió que los que padecen este desorden son perfectamente conscientes de sus actos y diferenciaban perfectamente el bien del mal, aunque estaban motivados por una actitud imperiosa y egocéntrica que les conducía a la agresividad. En resumen, su diagnóstico indicaba que era culpable de asesinato e imputable por ello.

Después de un mes y siete días, el jurado por fin se decidió por un veredicto entre la inocencia o la culpabilidad contra el joven DeFeo basado sobre su estado de salud mental. El veredicto se emitió el 21 de noviembre, con 12 votos a favor y 0 en contra, declarando que era culpable de seis asesinatos en segundo grado, por lo que fue condenado a veinticinco años de cárcel por cada uno de los crímenes. En la actualidad, Ronald DeFeo Junior permanece encarcelado en el Departamento Correccional del Estado de Nueva York.

La otra historia
Sorprendentemente, y a pesar de que los hechos narrados arriba son lo suficientemente terroríficos como para guionizar un thriller, la historia que realmente se conoce de este caso es la que da lugar al best seller y a la película de terror escrita como una historia real y que ocurriría tras los mencionados crímenes, cuando el 28 de diciembre, veintiocho días después, otra familia compuesta por el matrimonio George y Kathy Lutz se van a vivir a la casa donde se habían cometido los asesinatos.

Los protagonistas cuentan que sólo han podido vivir en la casa hasta el 14 de enero, un total de 26 días, porque se verían obligados a huir de allí, pues al parecer la mansión estaba endemoniada.

La historia que hay detrás de la novela El horror de Amityville, de Jay Anson, y la película posterior que lleva el mismo título, tiene todo el aspecto de ser un fraude deliberado, o por lo menos, nunca se han hallado pruebas convincentes que determinen que los hechos narrados por los Lutz hayan sucedido de verdad.

Si creemos en los testimonios del matrimonio, éstos cuentan que desde el primer momento en que ocuparon la casa sintieron una presencia sobrenatural que se iba haciendo más fuerte cada día, y que incluso la supuesta entidad maligna trató de apoderarse de los cuerpos de los residentes manipulándolos a su propia voluntad. Lo que contaron fue que en la casa se escuchaban ruidos extraños a lo largo del día, que aparecían manchas en las paredes, que había malos olores sin motivo aparente y que las puertas y ventanas se abrían solas.

Kathy decía que se sentía observada en determinadas habitaciones de la casa, que una noche vio unos ojos rojos que la miraban desde la oscuridad a través de la ventana y que de repente comenzó a tener pesadillas repetitivas con los crímenes sucedidos en la casa pero soñando que las víctimas eran los componentes de su familia. También el perro sentiría alguna presencia extraña en la casa, pues dicen que se comportaba de manera nerviosa y asustadiza.

El comportamiento de la pareja también sufre un cambio. Cada vez discuten más a menudo por detalles sin importancia, cosa que antes nunca les había sucedido, y George se muestra como una persona arisca de actitud agresiva. Además, renueva su aspecto físico dejándose crecer el pelo, guardando un parecido sorprendente al asesino DeFeo.

A los pocos días de habitar la mansión, y convencidos que una presencia demoníaca acechaba sus pasos día a día, acuden a un sacerdote católico para que bendiga la casa. Éste contaría más tarde que el día que entró en la casa con intención de consagrarla ayudado de sus rezos y agua bendita, escuchó una voz que salía de la nada y le gritaba claramente una palabra: ¡Vete! Desde entonces parece que los fenómenos se intensificaron.

Cuando la familia Lutz abandonó la casa diciendo no poder resistir los extraños sucesos, el lugar se convirtió en un nido de parapsicólogos, exorcistas, videntes y espiritistas dispuestos a comunicarse con cualquier entidad que allí hubiese. Además, cantidad de periodistas y escritores, o simplemente curiosos, eran atraídos por la casa del terror de Amityville.

Una de las personas que más investigó el caso fue el Stephen Kaplan, fundador y director del Instituto de Parapsicología Americano. Al poco tiempo de que los Lutz abandonasen la casa, recibió una llamada del propio George Lutz invitándole a que fuese con su equipo para que investigase la actividad paranormal del edificio. Kapland, que conocía los hechos que habían ocurrido anteriormente, y temiendo que fuese una invención del matrimonio para hacerse publicidad, le contestó que no tenía inconveniente en hacerlo, pero que si se trataba de una broma lo sacaría igualmente a la luz Pública. Unos días más tarde, George le volvió a llamar para cancelar la investigación.

Por aquel entonces el caso de Amityville era muy conocido y las revistas no cesaban de publicar artículos sobre la casa endemoniada. La historia había sido tan alimentada por los medios de comunicación que la gente seguía insistiendo en que la casa estaba realmente infestada por una fuerza diabólica, pues nadie se podía explicar los horribles crímenes y los extraños fenómenos que les pasaban a los Lutz. Se llegó a decir que el origen de las manifestaciones paranormales era que la casa estaba construida sobre un antiguo pozo en el que una tribu india dejaba morir a sus miembros ancianos y enfermos. Al construir la casa encima de sus restos, habrían despertado a los espíritus de su sueño eterno y simplemente se manifestaban a modo de protesta para que les dejasen descansar en paz.

Tras una investigación inicial, Kaplan estaba convencido que todo era falso, que en esa casa no ocurría nada fuera de lo común. Pensaba que tal vez no mentían en todo y que podía haber ocurrido algo fuera de lo normal, lo más probable es que fuesen víctimas de una alucinación o de un hecho extraño y aprovecharon para montarse la historia de la casa encantada. A pesar de los defensores de la opinión que la casa estaba poseída, Kaplan logró demostrar que todo era un fraude. Kaplan consiguió que William Weber, el abogado defensor del asesino DeFeo confesara que todo había sido pura invención de él y Georges Lutz, con el interés del primero de que se volviese a considerar la condena de su cliente, para que creyesen que la estancia en la casa le había vuelto loco y le redujesen la condena por demencia. El interés de Lutz era sencillamente el dinero que la historia le podía aportar para pagar las deudas en las que estaba metido y abandonar la gran hipoteca de esa casa, que no podía pagar.

A pesar de que la historia de la posesión ha sido desacreditada por la Diócesis Católica de Rockville, por el Departamento de Policía de Amityville, por William Weber, el abogado defensor de Butch DeFeo, por el Juez del Tribunal del Distrito estadounidense Jack Weinstein y finalmente hasta por George y Kathy Lutz, quienes terminaron retractándose de ciertas partes de la historia confesando que una buena parte la habían inventado, casi tres décadas después, mucha gente del pueblo sigue opinando que los hechos ocurrieron realmente, y todavía decenas de curiosos se siguen acercando a la casa del horror escuchando atentamente cada uno de los ruidos e intentando captar con sus cámaras fotográficas la presencia de alguna entidad sobrenatural.

 

Los cachorros del Maligno

Por Manuel Carballal

 

Unos beben la sangre de sus víctimas y otros comen su carne. Algunos asesinan en el nombre de Satán y otros impulsados por unas "voces sobrenaturales"... para la ciencia continúa siendo un misterio la motivación real que lleva a los Serial Killers a cometer los crímenes más crueles, atroces y "diabólicos" a los que han tenido que enfrentarse las policías de todo el planeta.

"¡Yo estoy por encima del bien y del mal, y todos ustedes me dan asco!", gritó Richard Ramírez desde el estrado, al Tribunal que le juzgaba, y agregó "¡Lucifer está dentro de todos nosotros!". Y mientras era expulsado de la sala, fuertemente encadenado, giró su penetrante mirada hacia los fotógrafos mientras alzaba la mano izquierda, en la cual tenía tatuado un pentagrama satánico, y murmuraba: "El maligno...". Richard Ramírez, alias "Night Stalker" ("El Merodeador Nocturno"), aterrorizó la ciudad de Los Angeles, a mediados de los ochenta, asesinando a 14 personas, y violando, agrediendo y robando a otras muchas. Ramírez, que decía actuar movido por la voluntad de Satán, se paseaba por la calle escuchando obsesivamente la canción Night Prowler del grupo AC/DC, hasta que seleccionaba a su víctima. Después penetraba en su casa y la asesinaba sin ninguna piedad, dejando en muchas ocasiones símbolos satánicos dibujados en las paredes con la sangre de dichas víctimas.

Richard Ramírez, un joven hispano de 29 años, es un psicópata asesino en serie, a pesar de que no presentaba un modus opernadi preciso, ya que utilizaba indistintamente armas de fuego o armas blancas para cometer sus crímenes, y tampoco presentaba un tipo de víctima precisa (asesinó igualmente a personas de dieciséis como de sesenta y tres años). Pero ¿por qué?. No existe una respuesta racional a esa pregunta.

El misterio de los Serial killers
El pasado mes de noviembre los mejores especialistas en Asesinos en Serie se dieron cita en Valencia para debatir el misterio que supone, tanto para psiquiatras como para policías, el fenómeno de los Serial Killers. Personalidades como el ex -agente del FBI Robert Ressler (asesor de Expediente-X, Copycat y El Silencio de los Corderos); el psiquiatra Robert Hare (autor del sistema de clasificación de psicópatas más usado del mundo), o psicóloga forense Candice Skraper (que en estos momentos dirige algunas tesis sobre asesinatos en serie y creencias religiosas), analizaron en profundidad el mayor enigma de la psicología criminal.

Durante su conferencia Steven A.Egger, primer autor de una tesis doctoral sobre Serial Killers y profesor de Justicia Criminal en la Universidad de Illinois definió los asesinatos en serie como: "La obra de uno o mas individuos que comenten un segundo y posterior asesinato, sin que haya relación anterior entre victima y agresor. Los asesinatos posteriores ocurren en diferentes momentos y no tienen relación aparente con el asesinato inicial, y suelen ser cometidos en una localización geográfica distinta. Además, el motivo del crimen no es el lucro, sino el deseo de ejercer control o dominación sobre sus victimas".

Sin duda se trata del criminal más temido por las policías de todo el mundo, ya que resulta especialmente difícil investigar este tipo de crímenes en los que no existen relación entre las victimas, ni entre el agresor y ellas. Además, la especial crueldad con que los asesinos comenten estos crímenes aterra y desconcierta a los investigadores. Es como una furia salvaje desatada de pronto, que arrasa todo lo que encuentra a su paso. Es como la expresión del "Mal" en estado puro ya que ¿existe más maligno que la violación, mutilación y asesinato de docenas de seres humanos sin causa aparente?.

Según las escalofriantes estadísticas ofrecidas en este congreso, la mayor parte de los psicópatas que terminan de cumplir su condena y salen de prisión, vuelven a matar. En el citado congreso eran definidos como "adictos al crimen". Y no se trata del mero acto de robar la vida a otros seres humanos, sino de la brutalidad y crueldad con que esos crímenes son cometidos. Ted Bundy, Arthur Shawcross, John Wayne Gacy, Ed Kemper, Ed Gein todos ellos se han convertido en personajes populares en los Estados Unidos por haber asesinado a docenas de personas sin un móvil aparente. Mitificados como astros de cine, o ídolos de rock, sus fotos adornan las carpetas y camisetas de miles de adolescentes americanos; reciben centenares de cartas de admiradores e incluso, muchos de ellos -como el mismísimo Ramírez- han llegado a casarse en prisión con alguna de sus fans. ¿Cómo es posible que los peores monstruos de la humanidad despierten esa fascinación? ¿Acaso, como sugieren algunos autores, los Asesinos en Serie son los verdaderos "cachorros" del Maligno?

Sacrificios para el Diablo
Según relataba a MÁS ALLÁ Candice Skraper, recientemente era requerida por la policía mexicana para permanecer tres meses en Ciudad Juárez, intentado elaborar el perfil del Asesino en Serie que ha causado la muerte de docenas de mujeres en los últimos años. Los medios de comunicación mexicanos apodaron a este criminal, que todavía no ha sido capturado, El depredador de Chihuahua, y se especula con la teoría de que sea un adorador de Satán. Evidentemente ni Skraper, ni los demás investigadores del caso han podido obviar las similitudes entre estos crímenes, y los que aterrorizaron la también fronteriza ciudad mexicana de Matamoros hace unos años.

En aquella ocasión los asesinatos en serie, más de catorce, fueron cometidos por Adolfo de Jesús Costazgo y Sara Aldrete (en la cual se ha inspirado Alex de la Iglesia para su película Perdita Durango). Costazgo y Aldrete lideraban un culto satánico en el cual se sacrificaban seres humanos para intentar proteger los turbios negocios de Costazgo de la policía. Iniciado en la Regla de Palo Monte en su Cuba natal, Costazgo consiguió convencer a sus seguidores -una banda de narcotraficantes- de que sus rituales satánicos les protegerían de las balas de la policía. Vana pretensión, ya que, tras ser cercado por los agentes mexicanos, ordenó a uno de sus seguidores que le disparase antes de caer en manos de la policía...

Muchos Serial Killers, como el mendigo Eugene Britt, o el famoso Harry Lee Lucas, han atribuido el origen de sus crímenes a un "espíritu diabólico" que se apoderaba de su voluntad y los hacía matar. Unos, como Ramírez, actuarían en solitario, sin embargo, según algunas fuentes, tras algunos de los Asesinos en Serie más famosos de la historia criminal, se ocultarían cultos satánicos organizados.

En 1976 comenzaron una serie de brutales crímenes en New York que aterraron a la opinión publica norteamericana. Durante un año un individuo -que aparentemente actuaba sólo- disparó a quemarropa contra más de una decena de personas, causando la muerte a más de la mitad, y hiriendo de gravedad a las restantes. Como había ocurrido en el caso de Costazgo, y en tanto otros, fue una casualidad la que llevó a la detención del asesino. Una multa de tráfico puso a la policía en la pista del autor de aquellos crímenes que, en base a algunos anónimos enviados por el asesinos la policía, se bautizaron como los asesinatos de El Hijo de Sam. El autor de estos homicidios resultó ser David Berkowitz, un joven de 25 años que afirmaba que una voz le ordenaba matar. Sin embargo, para varios policías de New York que participaron en el caso, y para varios investigadores civiles, Berkowitz no actuó sólo. En base al relato de varios testigos presenciales de los asesinatos, en base a las descripciones del/los sospechosos, y en base a los anónimos enviados por El Hijo de Sam a la policía, se ha especulado con la teoría de que David Berkowitz era sólo un instrumento utilizado por un culto satánico. Esta hipótesis, compartida por varios investigadores del caso, dio lugar al guión de la película El Salario del Diablo, en el cual se pretende que tras los crímenes de El Hijo de Sam en realidad se ocultaba una secta satánica que grababa en video los asesinatos, para comercializarlos como snuff movies... Otras sectas, como la de Charles Manson, merecerían un capitulo aparte. Pero, si ya la motivación "satánica" resulta insólita como justificación de asesinatos en serie, ¿qué decir de móviles vampíricos o licantrópicos? Y es que, sin duda, pocas cosas pueden sorprender tanto a un policía como tener que buscar a un asesino que mata para beber la sangre de sus víctimas o comer su carne...

Los verdaderos vampíros
Imagino que los funcionarios de la embajada de Iran se sintieron muy desconcertados cuando acudí a ellos en busca de información sobe un "vampiro". Sin embargo debo agradecer la amabilidad con que los funcionarios iraníes respondieron a mis demandas, facilitándome datos e incluso fotografías del Vampiro de Teheran.

Se trataba del taxista de 28 años Gholamreza Khoshrou Kouran Kordieh, más conocido como Ali Reza. Según la información que me facilitó la Embajada de Irán, Ali Reza violó y asesinó al menos a nueve mujeres y niñas para beber su sangre, entre febrero y junio de 1997. Condenado a 214 latigazos proporcionados por los familiares de las víctimas y a la pena capital, El Vampiro de Teherán fue colgado de una gran grua, ante miles de testigos, el 13 de agosto de ese mismo año. Inmediatamente algunos "intelectuales" sugirieron que unos crímenes tan delirantes como los de El Vampiro de Teherán sólo podían producirse en un país "primitivo" e "inculto" como Irán. Pretensión esta absolutamente ridícula, ya que algunos de los asesinatos "vampíricos" más espeluznantes de la historia criminal se han cometido en países del "primer mundo", como Estados Unidos.

Sin ir más lejos, el coronel Robert Ressler, tal vez el mayor especialista en Asesinos en Serie del FBI (y quizás del mundo), dedica el primer capítulo de su primer libro: El que lucha con monstruos, a otro "Drácula de la vida real": Richard Chase, alias El Vampiro de Sacramento.

Richard Trenton Chase asesinó a dos familias enteras, llevado por una delirante creencia; su sangre estaba envenenada y debía conseguir sangre humana para poder mantener su propia vida. En su delirio, Chase hablaba de una conspiración de los OVNIs y de los nuevos movimientos nazis que intentaban matarlo, pero su creencia más importante era la de que tenía que beber sangre humana para poder vivir. Cuando fue detenido se le incautaron recipientes, como una batidora, en la que preparaba la sangre de sus víctimas, y trozos de su carne, como si de un jugoso zumo se tratase.

Según consta en los archivos del Centro de Investigación y Análisis de la Criminalidad Violenta y Sexual (CIAC), entre los Serial Killers más importantes de la historia se encuentran numerosos casos en los que la necesidad de beber sangre humana era el principal móvil de los crímenes. Me refiero, por supuesto, a "vampiros" que han asesinado en el presente siglo veinte, ya que la historia antigua no ha ofrecido otros casos no menos inconcebibles, como de Vlad Tepes Draculea, Gilles de Rais o la Condesa Bathory, entre otros. Estos son algunos de los más conocidos "vampiros" del siglo XX:

GEORG KARL GROSSMAN: Fue detenido en agosto de 1921, cuando un vecino escuchó los gritos de una joven y llamó a la policía, siendo Grossman sorprendido mientras se bebía la sangre de su última víctima. Los analistas de la policía identificaron los restos de al menos tres mujeres asesinadas en las tres semanas anteriores a la detención, pero se encontraron docenas de prendas de ropa y efectos femeninos en el apartamento. Es imposible calcular cuantas fueron las víctimas exactas de Grossman. Los cálculos más aceptados por los criminalistas hablan de unas cincuenta.

"EL VAMPIRO DE HANNOVER": El caso Haarmann parece una réplica del caso Grossmann, tan cercano en el espacio y en el tiempo. Haarmann elegía a sus víctimas en la estación de ferrocarril de Hannover. Principalmente niños o jóvenes que habían huido de casa, o llegaban a la capital en busca de trabajo. Haarmann fue declarado culpable de 27 asesinatos de muchachos, de entre doce y dieciocho años. Sin embargo Haarmann llegó a decir que "podrían haber sido unos 40". Los mataba, bebía su sagre y comia parte del cuerpo.

"EL VAMPIRO DE DÜSSELDORF": Durante el proceso, iniciado el 13 de abril de 1931, los magistrados tubieron que soportar la gélida descripción que Peter Kürten hizo de sus crímentes: "Necesitaba sangre como ustedes necesitan alcohol". Confesó con todo detalle como asesinaba a sus víctimas, algunas niñas de solo cinco años, usando un martillo, tijeras, etec, y destrozando absolutamente los cadávers. Decía que Jack el Destripador era su ídolo...

ALBERT FISH: Cuando fue detenido, la policía encontró muchos recortes de prensa referentes al caso Haarmann en el apartamento de Albert Fish. Recortes que fueron utilizados como prueba durante el juicio que se inició en el Tribunal de White Plains el 12 de marzo de 1935. Definido por la prensa como "el criminal más repulsivo de todos los tiempos", Fish es un buen ejemplo de "asesíno místico". Según sus allegados, se proclamaba la reencarnación de Cristo y "el instrumento de Dios contra la Humanidad", algo que repitió durante el juicio. "Beber su sangre -declaró- me producía verdaderos arrebatos de éxtasis sexual".

FLORENCIO FERNANDEZ: El 14 de febrero de 1960, y tras pintoresca operación policial se detuvo al vampiro argentino. Hacía semanas que varias jovenes estaban siendo atacadas por un individuo que, aprovechando la oscuridad nocturna, penetraba en el interior de los domicilios de sus víctimas, aprobechando que se acostaban con las ventanas abiertas a causa del calor reinante en esas fechas. Una vez dentro de la casa, se avalanzaba sobre ellas mientras dormían, sujetándolas a la cama y mordiendo profundamente sus gargantas para beber su sangre.

MARCELO DE ANDRADE: El año 1992 entró salpicado de sangre para la prensa del Brasil. "Bebía su sangre para mantenerme joven y guapo"; con tan insólita declaración el brasileño de 25 años Marcelo Costa de Andrade, ex -miembro de la secta Iglesia Universal del Reino de Dios, pretendía justificar sus brutales crímenes. Captaba a los niños en las zonas marginales de Rio, y los convencía para que le acompañases ofreciéndoles comida, golosinas o dinero. Los mataba a golpes y los violaba, dejando bandejas con comida al lado de los cadáveres. Después compraba los periódicos para ver si los cuerpos habían sido hallados.

FILITA MALISHA: El 23 de marzo de 1995 una anciana de 60 años oriunda de Solwezi (Zambia) se personó por propia voluntad en la comisaría de policía para confesar que había asesinado a siete de sus hijos. Según declaró Filita Malisha, había asesinado a sus hijos a lo largo de varios años, en rituales de magia negra que había aprendido de su madre. Y tras asesinarlos, bebía su sangre y comía parte de los cadáveres.

Cuando el hombre se vuelve bestia
Entre 1978 y 1990 Andrei Chikatilo, alias La Bestia de Rostov asesinó y mutiló a 55 niños, niñas y mujeres, convirtiéndose en el mayor Asesino en Serie de la historia. "La Bestia" acompañaba a sus víctimas hasta los bosques, donde las atacaba llevado por una "furia animal", descuartizándolas y llegando a comerse parte de sus cuerpos.

Eran tan brutales las mutilaciones que infringía a sus víctimas, que durante la investigación de uno de los últimos crímenes se produjo una anécdota sorprendente. En la Rusia de finales de los ochenta se producía una oleada de OVNIs (recordemos el caso Voronezh) que acaparó la prensa internacional. Al mismo tiempo comenzaban a llegar desde Puerto Rico las primeras noticias sobre el Chupacabras y las mutilaciones de animales asociadas con OVNIs. Pues bien, dos agentes de policía de Rostov protagonizaron un avistamiento OVNI muy cerca del lugar donde se descubrió el cadáver de una de las últimas víctimas de "La Bestia". Este incidente, unido a la increíble brutalidad de las mutilaciones, hizo correr el rumor entre la policía de que el autor de aquellos crímenes no podía ser un humano...

Y es que el caso Chikatilo, que hace palidecer a cualquiera de los relatos medievales sobre licántropos, recuerda poderosísimamente al primer Serial Killer español: Manuel Blanco Romasanta, alias El Hombre-Lobo de Allariz. Blanco Romasanta (ver Mas Allá nº 65) asesinó a 13 personas, mutilándolas y devorándolas, llevado por la creencia en que, víctima de una maldición infantil, en ciertas noches de luna llena perdía su forma humana, convirtiéndose en un lobo sediento de sangre, que mataba sin poder contener sus impulsos asesinos. De entre todos los asesinos en serie españoles, como Manuel Delgado El Arropiero, José Rodríguez Vega el asesino de ancianas, Juan Luis Larrañaga "Koldo", o Joaquín Ferrandiz, entre otros, tan sólo García Escalero "el mendigo asesino", ha rozado minimamente la fiereza y crueldad de Manuel Blanco Romasanta. García Escalero, un mendigo que ya en su infancia visitaba los cementerios y se colaba en las funerarias para acostarse junto a los cadáveres que tanto le atraían, asesinó a más de una docena de personas en Madrid hace pocos años, llegando a decapitar a algunas de sus víctimas y a comerse parte del corazón de otras...

Pero ¿hasta que punto las creencias esotéricas pueden suponer un móvil importante en el delirio de los asesinos en serie?. Resulta difícil de calcular. Sin embargo es indudable que dichas creencias han servido para que muchos Serial Killers justificasen sus brutales crímenes...

Jefrey Dahmer, por ejemplo, debió asimilar muy mal sus lecturas sobre vudú haitiano, ya que asesinó y se comió a quince personas, intentando convertirlos en zombies. Dahmer, que al parecer se había aficionado a las lecturas ocultistas, decidió sustituir el polvo zombie que utilizan los bokor haitianos, por una primitiva operación pseudoquirurgica en la parte trasera del cráneo de sus víctimas... Desgraciadamente Dahmer fue asesinado en la cárcel antes de que pudiese ser objeto de un estudio en profundidad sobre las anomalías que sin duda deberían existir en su cerebro. Pero en otros casos, el psicópata asesino, ni tan siquiera fue capturado.

Entre 1968 y 1978 un asesino "astrológico" se confesó autor de 37 crímenes. El Asesino del Zodiaco, elegía a sus victimas en función de su signo astrológico, y nunca pudo ser capturado. En 1990 reapareció, aunque todos los expertos coinciden en afirmar que se trataba de un imitador. Pero lo importante es que ese nuevo criminal "astrológico" continuó sembrando la muerte entre los habitantes de Nueva York, eligiendo a sus víctimas por su "carta astral". Según los astrólogos que fueron consultados por la policía newyorkina, el nuevo Asesino del Zodiaco había superpuesto una carta astrológica de Orión sobre un plano de New York, o eso sugería la situación de sus víctimas en el mapa. Sin embargo, al igual que había hecho Jack el Destripador, "el pistolero astrológico" dejó repentinamente de matar, y desapareció con el mismo misterio con que había surgido. Su identidad continúa hoy siendo un enigma.

Ante el absurdo de estos brutales crímenes podemos seguir dudando sobre la existencia o no del Diablo. Pero si realmente El Maligno existe, sin duda los Serial Killers, son sus mejores cachorros...


Anexo.
Nos reunimos con Robert K. Ressler, el experto en Asesinos en Serie del FBI
ENTREVISTA CON EL VERDADERO AGENTE MULDER DEL FBI

Durante la reunión con los miembros de CIAC que entregaron a Robert Ressler su diploma como miembro honorífico de primer centro de estudios español sobre Asesinos en Serie, pudimos mantener una entrevista con el principal especialista en Serial Killers del mundo. El Coronel Ressler, que ha asesorado películas como "El Silencio de los Corderos", "Copycat" o "Expediente X", sirvió como inspiración del agente Mulder. No en vano se trata del mejor especialista en Asesinos en Serie del FBI, al igual que el ficticio "siniestro" Fox Mulder, sino que incluso se atrevió a invitar a la sede central del FBI a videntes, como Norma Rainer, a la que pidió su colaboración en la investigación de varios casos de Serial Killers.


MC: El primer capítulo de su primer libro describe el caso de Richard Chase, que al igual que el español Blanco Romasanta bebía la sangre y comía la carne de sus víctimas... ¿Ha conocido muchos asesinos que matasen para beber la sangre o comer la carne de sus víctimas como los vampiros?
RR: Sí, unos cuantos. Aunque no es algo demasiado habitual. Pero ahora recuerdo, por ejemplo a Jefrey Dhamer, el caníbal de Milwaukee, con quien me reuní varias veces en su prisión antes de que lo asesinasen. El también se comía a sus victimas.
MC: También se ha entrevistado varias veces con Charles Manson, tal vez el asesino más famoso del mundo... ¿Cuál es su opinión sobre él?
RR: Efectivamente, me he entrevistado varias veces, y puedo atestiguar que tiene una personalidad psicopática maximizada. Es un hombre muy carismático que se apoderaba de la voluntad de sus seguidores.
MC: ¿Y sobre los otros miembros de la secta de Manson con los que se ha entrevistado?
RR: Me he reunido con algunos adeptos de La Familia, como Tex Wilson, o alguna de las "chicas de la Familia", y no creo que los seguidores de Manson sean necesariamente psicópatas, sino más bien gente que necesitaba un líder, y que, influenciados por la secta, podían llegar a matar. Al igual que hicieron los seguidores de Jim Jones en Guyana, o de David Koresh en Waco.
MC: Durante sus entrevistas con asesinos en serie vivió una anécdota con Ed Kemper ¿no es cierto?
RR: Por un despiste me quedé a solas con Kemper, un asesino de más de dos metros de alto que gustaba de decapitar a sus víctimas, en una sala de la prisión, y el me comentó lo fácil que le resultaría matarme con sus manos allí mismo... Es la única vez que he experimentado miedo. Durante las entrevistas del VICAP es la única vez que he estado en una situación tan comprometida.
MC: Otro de los asesinos "célebres" que entrevistó para el programa VICAP fue David Berkovitz, ¿en su opinión también había una secta satánica tras sus crímenes?
RR: No, estoy seguro de que actuaba solo. Yo creo que intentó justificar sus crímenes con las alusiones al culto satánico. Pero estoy convencido de que nunca actuó por ordenes de una secta diabólica.
MC: En otros casos, sin embargo, si se ha demostrado la existencia de un culto satánico tras una serie de asesinatos, como en el caso de Matamoros y otras sectas homicidas...
RR: Así es. Existen muchos casos de sectas asesinas. Las películas nos han acostumbrado a un mundo mas sofisticado, y los asesinos también necesitan justificaciones a sus crímenes mas sofisticada, y las causas religiosas o esotéricas pueden ser una buena justificación.
MC: Andrei Chikatilo, "La Bestia de Rostov" está considerado el mayor Asesino en Serie de la historia. Si la policía rusa hubiese dispuesto de un VICAP que intentase comprender el perfil psicológico del asesino, ¿no se habrían salvado docenas de vidas?
RR: Sin ninguna duda.Recuerdo que Bukanoski, el jefe de policía que llevaba el caso, se puso en contacto conmigo para pedirme mi opinión, pero muy tarde. Si hubiesen acudido a nosotros antes, tal vez habrían capturado a Chikatilo tras sus primeros crímenes. Yo pude enviarle algunas de mis publicaciones, pero ya era tarde para la mayoría de las víctimas.

El culto satánico de Matamoros

Por Pili Abeijon

Desde el rancho de Santa Elena, en la ciudad fronteriza de Matamoros (Méjico), Adolfo de Jesús Constanzo y su banda transportaban semanalmente una tonelada de marihuana al país vecino... pero el lugar no era sólo un centro de distribución de drogas. En 1989 fueron acusados de asesinar a más de una docena de personas durante unos rituales de Palo Mayombe, un culto afroamericano. Los "narcosatánicos" habían convertido el rancho en una verdadera casa de los horrores.

El 9 de abril de 1989, la policía mejicana detiene en un rutinario control, la camioneta que conducía David Serna Valdez, de 22 años, a la altura del kilómetro 39 en la carretera de Matamoros a Reynosa (Méjico) en el rancho de Santa Elena. En ella se encuentran restos de marihuana y una pistola del calibre 38, por lo que el joven conductor es detenido. Tras unas horas de interrogatorio confiesa su pertenencia a una secta de "magia negra" que utiliza el rancho para realizar sus sacrificios rituales con seres humanos, además del narcotráfico.

Estas sorprendentes confesiones obligan a la policía a registrar el rancho, hallando allí otros ciento diez kilos de marihuana... y algo mucho más macabro: un caldero de hierro de hedor pestilente que contiene sangre seca, un cerebro humano, colillas de cigarros, 40 botellas vacías de aguardiente, machetes, ajos y una tortuga asada. Alrededor de la casa, una fosa común con doce cadáveres descuartizados, a los que se había extirpado el corazón y el cerebro en algún extraño ritual.

Entre ellos se hallaba el cuerpo de Mark Kirloy, un estudiante de medicina desaparecido en marzo de 1989 al que habían amputado las dos piernas y el cerebro, y con parte de cuya columna vertebral el líder del grupo se había fabricado un alfiler de corbata que le servía de amuleto...

Los agentes de la policía judicial detienen a un grupo de personas implicadas, quienes confiesan haber matado a esos individuos por orden del Padrino Adolfo de Jesús Constanzo, de 27 años de edad e hijo de un americano y una cubana practicante de la Santería y Palo Mayombe, a cuyas artes mágicas había iniciado desde que tenía tres años.

En 1980, Constanzo comienza a vender sus servicios como mayombero en Miami, trasladándose posteriormente a Méjico en dónde obtiene un gran éxito con sus trabajos de magia negra. Su excelente reputación entre las altas esferas le sería debida a los poderes mágicos que le eran atribuidos, al misterio que continuamente le rodeaba y a su carismática personalidad.

Los rituales de purificación o limpias (ceremonias para limpiar "malas energías negativas") y de protección, le proporcionan entre ocho mil y cuarenta mil dólares entre sus clientes, la mayoría, importantes personalidades americanas.

Ávido por obtener más poder, comienza a efectuar sacrificios en sus rituales para dar mayor sensacionalismo y espectáculo, siempre ayudado por una joven divorciada que se convertiría en su musa y amante, la estudiante norteamericana de 24 años Sara Villarreal Aldrete.

Sara se convierte en gran sacerdotisa del culto y participará activamente en todas las sangrientas ceremonias, además de reclutar a nuevos miembros y explicarles las actividades de la secta.

Adolfo convence a los demás que serán completamente invulnerables a las balas y que tendrán el poder de hacerse invisibles si siguen al pie de la letra sus instrucciones: confeccionando una ganga o caldero mágico con unos ingredientes especiales además de secretos en los ritos de Palo Mayombe, como son la sangre y algunos miembros humanos mutilados, preferentemente cerebros de criminales o locos, a ser posible de hombres de raza blanca, pues supuestamente éstos son más influenciables por el verdugo. (Para el autor del asesinato la tortura a la víctima es un factor muy importante, pues el alma de la víctima debe aprender a temer a su verdugo por toda la eternidad con el fin de hallarse para siempre sujeta a él.)

El rito termina cuando los participantes beben la "sopa" del caldero formada con la sangre de la víctima, su cerebro y los demás elementos que completan la siniestra ganga... lo cual les dará todo el poder que los criminales deseen.

Los detenidos revelaron además la existencia de otra sede del grupo en otras ciudades mexicanas, en dónde se fueron descubriendo más delegaciones y sucediendo una serie de detenciones.

A partir de ese momento, más de trescientos policías participan activamente en la búsqueda de Constanzo y sus seguidores más próximos: Sara Aldrete, Álvaro de León Valdez, Omar Francisco Orea, y Martín Quintana, quienes emprenden una huida por todo México durante tres semanas.

Constanzo intenta negociar con las autoridades mexicanas amenazando con revelar todos los nombres de los

personajes conocidos que participan en su culto, pero esto pesa poco comparado con la atrocidad de sus crímenes y la policía se muestra intransigente. (Estas negociaciones se han mantenido en secreto durante mucho tiempo por lo que más tarde saldría a la luz pública: que numerosos policías habrían estado implicados en la secta).

Mientras éstos eran perseguidos, las detenciones en distintas ciudades con narcosatánicos se multiplicaban.

Sintiendo que el fin de sus crímenes estaba cerca, Adolfo y sus cómplices se refugian en una mansión de las más lujosas del Obispado de Monterrey, con un circuito cerrado con seis cámaras que vigilaban el jardín y accesos a la vivienda protegidos.

El 6 de mayo, son descubiertos por algunos agentes de la policía judicial que se hallaban registrando la zona, y sintiéndose acorralados, los cómplices del Padrino comienzan a dispararles desde una ventana del edificio en la calle Río Sena de la Ciudad de Méjico.

Al momento se presentan varias patrullas de refuerzo que pueden acercarse y llegar hasta el cuarto piso, desde dónde disparaban. Dentro se encontraban Constanzo y los demás, quienes habían hecho un pacto de suicidio mutuo si no lograban deshacerse de los policías.

Viendo la gran cantidad de agentes que les rodeaban y ganaban terreno a cada paso, desesperado, ordena a su compañero Valdez que le dispare con una ametralladora que le tiende, y Quintana, fiel con su líder decide de suicidarse con él. Ambos se meten en un armario ordenando disparar a Valdez.

Unos instantes después, son detenidos tan solo tres supervivientes, contabilizándose unos quince seguidores fieles de estos sangrientos cultos.

Según las aterradoras declaraciones de Sara a la policía, desde que conoció a Constanzo, mantuvo una doble vida comportándose como una chica normal con sus amigos y familia, y como una fría asesina por otro.

Ella misma se dedicaba a torturar a alguna víctima, entre las cuales Gilbert Sosa, un traficante de drogas. Delante de los demás miembros del culto, ordenó que se le colgase del cuello, con las manos libres para que pudiese sobrevivir agarrándose a la cuerda. Luego lo sumergió en un barril de agua hirviendo, mientras ella le arrancaba los pezones con unas tijeras.

Confesaría además otros crímenes brutales, cómo uno de los miembros de la secta mantiene a la víctima con vida después de haberle cortado el pene, las piernas y los dedos de las manos. Le abre el pecho de un machetazo y le agarra el corazón sin desprenderlo, lo muerde a dentelladas mientras el moribundo lo mira agonizando...

Más tarde negaría su participación en los desquiciados rituales, asegurando que el Padrino la retuvo contra su voluntad al haberse descubierto la matanza de Matamoros.

En la actualidad Sara Aldrete Villarreal purga una pena de 50 años por homicidio en una cárcel mexicana, sin siquiera saber que su historia ha inspirado la Perdita Durango de Alex de la Iglesia, película estrenada en septiembre de 1997.

 

 

El hombre lobo de Allariz

Por Pili Abeijon

 

En el Archivo Histórico del Reino de Galicia se conserva un insólito proceso judicial bajo la referencia "Causa 1788, del hombre-lobo", datado en el año 1852.

Este curioso documento consta nada menos que de 2000 páginas de texto manuscrito, y compone la sentencia contra uno de los asesinos más conocidos en la historia del crimen español. En este proceso, el único conocido en que se enjuicia y se condena legalmente a un personaje tratándolo abiertamente de "lobo", intervendría la misma reina Isabel II...

El hombre en cuestión era Manuel Blanco Romasanta, de 42 años de edad, apariencia agradable, conocido y apreciado por los vecinos de Allariz (Orense). Se dedicaba a la venta ambulante entre Galicia y Portugal, además de ser un gran conocedor de los bosques de la región y ayudar a los viajeros a atravesar las montañas desde Galicia a León, Asturias y Cantabria.

Sus dos primeras víctimas, madre de 47 años e hija de 17, fallecerían en el año 1846. Ambas se disponían a abandonar su pueblo natal hacia Santander, en dónde esperaban encontrar un empleo y mejores condiciones de vida, lejos del duro trabajo en el campo. Así, acordaron que Romasanta las acompañase en el viaje, y los tres se pusieron en camino. La señora se dejaba guiar en silencio, confiando plenamente en aquel hombre tan agradable y servicial, sin imaginar siquiera lo que ocurriría una vez adentrados en uno de los frondosos bosques gallegos...

De repente, Manuel Romasanta se detiene sacudido por un escalofrío y movimientos espasmódicos. Empieza a vomitar una espuma espesa contrayendo la boca como si su mandíbula se estuviese desencajando, con ojos inexpresivos y mirada perdida, mientras que las dos mujeres no aciertan más que a mirarlo, asustadas. Al momento, sin darles tiempo a reaccionar, se echa encima de la mayor rugiendo salvajemente, y como si fuese un animal, le muerde el cuello brutalmente. Excitado por el sabor de la sangre que comenzaba a manar de la herida, sigue desgarrando la piel de la señora hasta que cae muerta. Acto seguido se lanza sobre la joven, que permanecía hipnotizada observando la escena entre lágrimas. Una vez muerta también ésta, oculta lo que queda de los cadáveres entre unos matorrales, e indiferente, se adentra en el bosque, en dónde permanece unos días antes de regresar al pueblo.

Allí, cuenta a los familiares de las víctimas:

"Están felices las dos, siempre que las veo me dan las gracias por haberlas llevado a Santander. Buenos amos, buena comida, y hasta buen tiempo, que el salitre del mar es siempre mejor que la humedad fría de estos montes..."

Acto seguido, convence a más mujeres que sigan el mismo camino que las dos "afortunadas" y que emigren a Cantabria, en dónde el nivel de vida es muy próspero y que los más adinerados buscan jóvenes para tenerlas en sus casas como sirvientas. Así, otras vecinas se harían acompañar del guía en sus viajes, en busca de una buena colocación.

Los siguientes serían una señora de 34 años y su hijo. Aunque desconfiando en parte por sólo tener noticias de oídas de boca de Romasanta y no de la misma vecina, termina por convencerse vendiendo lo poco que poseía y lanzándose a lo que ella pensaba, sería una aventura...

Como había sucedido con las otras dos, en un lugar del bosque con vegetación espesa el guía empieza a comportarse de forma extraña. Insiste para que se detengan a "comer algo" (nunca mejor dicho). Enciende un fuego, y como ya había anochecido propone que duerman un poco al amparo de la lumbre. Evidentemente, él no tenía intención de dormir, pero sí de espiar los movimientos de sus dos acompañantes. Así estuvo durante un buen rato notándose cada vez más excitado, hasta que considerando un momento que le parece propicio, se levanta sin hacer ruido y sacando un cuchillo del zurrón que le colgaba del hombro, asesta un golpe mortal en el corazón de la mujer. Repitió el mismo gesto con el niño que dormía tranquilamente sin haber oído nada. Luego, víctima de nuevas convulsiones, se dedicó a desgarrar los cuerpos a mordiscos y a beber la sangre que salía de las profundas heridas, rematando la carnicería con nuevas cuchilladas en ambos cuellos sin vida.
Finalmente, registra los bolsillos robando el poco dinero que llevaban, y tras ocultar los cadáveres se sienta para beber un trago de vino que llevaba en el zurrón, echándose finalmente a dormir junto al fuego, como si nada hubiese ocurrido.

La misma suerte correrían cinco personas más, todas mujeres y niños que partían hacia el noroeste.

Como los años pasaban y los familiares no volvían a recibir de sus noticias, más que lo que Romasanta contaba, empezaron a correr rumores por todo el pueblo de que los viajantes habían sido asesinados. Las sospechas, que evidentemente giraban entorno al guía, resultarían fundadas cuando uno de los vecinos asegura haber visto siempre a Romasanta viajar solo, sin rastro alguno de las mujeres. Pasando de ser sospechoso de nueve crímenes a convertirse en acusado, éste se va del lugar antes de que lo consigan detener.

Abandona Galicia para irse a un pueblecito de Toledo, en dónde estaría trabajando como segador hasta que es reconocido y denunciado en julio de 1852. Al poco tiempo, el alcalde de esa localidad dicta un acto de detención en el que se le acusa de los nueve crímenes, además de múltiples robos en las casas de la víctimas para vender luego los objetos en los distintos mercados del lugar. Un mes más tarde es conducido a la prisión de Allariz, en dónde confiesa con una estremecedora frialdad y con todo lujo de detalles, cómo había asesinado y devorado a doce personas en los bosques gallegos,

"Por culpa de una maldición de uno de mis parientes, tal vez mis padres, me convertía en lobo, desnudándome primero y revolcándome después por el suelo hasta tomar dicha forma... pero la maldición terminará el día de San Pedro, cuando se hayan cumplido trece años desde mi primera metamorfosis..."

Acto seguido, el asombrado juez ordena a los médicos realizar un reconocimiento psiquiátrico al acusado, afín de determinar su estado mental. Tres médicos y dos cirujanos emitirían el siguiente informe:

"Pretende el detenido hacerse pasar por un ser fatal y misterioso, un genio del mal, lanzado por Dios en un mundo que no es su centro, creado ex profeso por el mal ajeno a que le impide la fuerza oculta de una ley irresistible, en virtud de la cual cumple su fatídico y tenebroso destino...

En el hombre hay dos fundamentos de facultades: el cerebro, para las del entendimiento, y las vísceras para los arranques o ímpetus, y de la ocurrencia de ambos orígenes resulta un tercer estado potente y temible: que exageradas estas facultades producen efectos diversos proporcionales a su origen, y en la tercera o concurso de ambas tornan al hombre idiota o loco absoluto. La licantropía pertenece a la tercera, por ello se presta especial atención al examen del estado visceral del reo así como de la craneoscopia...

No se presenta en el organismo del detenido ni señales amnésicas, ni causas ni motivos actuales capaces de dar origen a perturbaciones violentas de la inteligencia. Las inclinaciones que de él pueden inferirse, no son suficientes para explicar por supuesta licantropía, ni los actos que inducen son coactivos e invencibles, por lo que Manuel Blanco Romasanta obra con libre albedrío, conocimiento y fin moral.

Su inclinación al vicio es voluntaria y no forzosa. El procesado no es loco, ni imbécil, ni monomaníaco, ni lo fue ni lo logrará ser mientras esté preso, y por el contrario resulta que es un perverso, un consumado criminal capaz de todo, frío y sereno, sin bondad y con albedrío, libertad y conocimiento. El objeto moral que se proponía era el interés. Su confesión explícita fue efecto de la sorpresa, creyéndolo todo descubierto. Su exculpación es un subterfugio. Los actos de piedad, añagaza sacrílega. Su metamorfosis, un sarcasmo..."

El juicio contra el Hombre-Lobo dura aproximadamente un año, tras el cual, el 6 de abril de 1853 se emite una sentencia de muerte por el juez de Allariz, que lo condena a garrote vil y a una indemnización de 1000 reales por cada víctima. Sin embargo, la suerte estaría de su lado, pues antes de la ejecución, un hipnólogo francés que había seguido el caso del Hombre-Lobo, envía una carta al ministro de Gracia y Justicia afirmando que Romasanta era un afectado de una monomanía conocida como licantropía, y que debido a un desorden de las funciones de su cerebro no era responsable de sus actos. Dice que a través de la hipnosis él mismo había tratado esa enfermedad con alguno de sus pacientes, por lo que pide que no se ejecute la sentencia y que se le permita estudiar el caso.

Al mismo tiempo, la defensa del acusado protesta que no se puede asegurar rotundamente que el verdadero asesino haya sido Romasanta, alegando con razón, que no es suficiente una confesión para justificar un delito. Y en efecto, como nada prueba que el hombre matase realmente a las víctimas, se dirige a la reina Isabel II para que la causa sea revisada por el Tribunal Supremo de Justicia.

En consecuencia, la reina firma una orden que libra a Romasanta de la pena capital, reduciéndose esta a una menor como era la condena a cadena perpetua.

Finalmente éste moriría al poco tiempo en la misma prisión de Allariz en dónde cumplía dicha condena.

El crimen del Rol

Por Pili Abeijon

 

"Salimos a la una y media. Habíamos estando afilando los cuchillos, preparando los guantes y cambiándonos, poniéndonos ropa vieja en previsión de que la que llevaríamos quedaría sucia... Quedamos en que yo me lanzaría desde atrás y agarraría a la víctima mientras él le debilitaba con un cuchillo de considerables proporciones. El mío era pequeño pero muy afilado y fácil de disimular y manejar, y se suponía que yo era el que debía cortarle el cuello. Yo sería quien matase a la primera víctima".

Con estas palabras comienza ese espeluznante diario de seis páginas, en el que Javier Rosado, uno de los asesinos, relata con todo detalle el desarrollo del crimen.

El 30 de abril de 1994, el conductor del autobús que como cada mañana hacía una parada en el barrio madrileño de Bacarés, se detuvo a fumar un cigarrillo. De repente, algo entre los matorrales cercanos le llama la atención, y al acercarse, descubre el cuerpo sin vida de un hombre de mediana edad sádicamente acribillado a puñaladas...

Todo parecía indicar que se trataba de una víctima de un robo, a no ser, por que el asesino se había dejado "olvidadas" las 60.000 pesetas que éste llevaba en uno de sus bolsillos, un reloj, y un trozo de guante de látex supuestamente roto durante el forcejeo.

El crimen era todo un enigma hasta que la policía detiene a los dos presuntos autores: Javier Rosado de 21 años y Félix Martínez de 17, ambos estudiantes y asiduos jugadores de rol.

Los jóvenes se conocieron en un centro cultural en el que se reunían todas las tardes para jugar al rol, especialmente un juego inspirado en el racismo e ideado por el propio Rosado: Razas.

Un día, Rosado propone a sus compañeros de juego el implicarse más de lo habitual y buscar una verdadera víctima siguiendo las instrucciones de Razas...

Nadie salvo Félix parece tomárselo en serio.

Estuvieron un buen rato sentados en el parque planeando el crimen. Habían decidido matar preferiblemente a una mujer, y desde allí, iban descartando posibles víctimas entre la gente que pasaba.

Al cabo de una hora, hartos de esperar, se pasean por las calles cercanas en busca de su "presa".

A las cuatro y media, ya desesperados y rabiosos optan por matar a la primera persona con la que se topasen, y ésta sería Carlos Moreno, un empleado de limpieza de 52 años que se encontraba esperando el autobús para regresar a su casa.

"Nos preguntábamos ya que hacer cuando vimos a una persona andar hacia la parada. Era gordito y mayor, tío y con cara de tonto. Discutimos seriamente la última posibilidad. Lo planeamos entre susurros: sacaríamos los cuchillos al llegar a la parada, le atracaríamos y le pediríamos que nos ofreciera el cuello (no tan directamente, claro), momento en el cual yo le metería mi cuchillo en la garganta y mi compañero le apuñalaría en el costado. Simple".

"Desde el principio me pareció un obrero, un pobre desgraciado que no merecía la muerte. Era gordito, rechoncho, con una cara de alucinado que apetecía golpear, barba de tres días, una bolsita que parecía llevar ropa y una papeleta imaginaria que decía "quiero morir" menos acusada de lo normal. Si hubiera sido nuestra primera posibilidad allá a la una y media, no le hubiera pasado nada, pero... ¡así es la vida!".

Se acercan al hombre simulando un robo como excusa para sacar los cuchillos, le piden todo su dinero y le sujetan las manos a la espalda. Como si se tratase de simples ladrones, empiezan a registrar sus ropas a la espera de una buena ocasión para comenzar la carnicería...

"Me agaché en una pésima actuación de un chorizo vulgar a punto de registrar una chaqueta, le dije que levantara la cabeza y le clavé el cuchillo en el cuello. Emitió un sonido estrangulado, de sorpresa y terror. Nos llamó "hijos de puta". Volví a clavarle el cuchillo en el cuello, pero me daba cuenta de que no le estaba haciendo prácticamente nada excepto abrirle una brecha, por la que caía ya sangre. Mi compañero ya había comenzado a debilitarle con puñaladas en el vientre y en los miembros, pero ninguna de estas era realmente importante, sino que distraía a la víctima del verdadero peligro, que era yo."

Llevado por la desesperación, Carlos trata de liberarse de los dos verdugos apartándolos de un empujón y echándose a correr en dos ocasiones, pero en el estado de flaqueza en el que se encuentra y las continuas puñaladas que éstos siguen propinándole en todo el cuerpo, no le permiten llegar muy lejos.

Para evitar más intentos de huida, empujan a la víctima por un terraplén, en dónde siguen con su despiadado ataque.

"Decidí cogerle por detrás e inmovilizarle lo más que pudiera para que mi compañero le matara. La presa redobló sus forcejeos, pero estábamos en la situación ideal, conmigo sujetándole y mi amigo a un metro dándole puñaladas. Empezaba a molestarme el hecho de que no se moría ni debilitaba, lo que me cabreaba bastante. Seguí intentando sujetarle y mis manos encontraron su cuello, y en él una de las brechas causadas por mi cuchillo momentos antes. Metí por ella una de mis manos y empecé a desgarrar, arrancando